A vaquiña polo que vale

2017 / 16:33 / Mobil Full HD

Dicho popular gallego intraducible

La expresión completa es: “amiguiños si pero a vaquiña polo que vale”. La explicación es sencilla: las cosas tienen un precio independientemente de la simpatía que tengamos por la persona que nos venda o compre el producto.

 


 

Existe una taxonomía irónica -o no tanto- atribuida a Borges, según la cual los animales pueden clasificarse en tres grupos: aquellos con los que vemos la televisión, aquellos que comemos y aquellos que nos dan miedo. Bajo la capa de humor se esconde una revelación inquietante sobre nuestra relación con los animales y, de paso, sobre la naturaleza de nuestras sociedades. La constelación afecto-mercancía-pánico estructura nuestro vínculo con esos otros que son los animales, y, de alguna forma, las posiciones en que nos situamos ante cualquier aproximación a cualquier tipo de “otro” que podamos imaginar.

 

“A vaquiña polo que vale” se acerca a esa relación entre humanidad y animales desde un punto de vista que trata de despegarse de la tríada determinista y contradictoria citada anteriormente. Nuestra posición, la de un espectador que se detiene a mirar unas vacas en un prado, en el monte, un espectador que cruza su mirada con la de un animal y que encuentra en ese cruce un viejo conocido, alguien que tiene algo que decirle sobre sí mismo. Algo que no suena bien y que no nos gusta escuchar.

 

[El lugar, la parroquia de Morgadáns en Gondomar (provincia de Pontevedra). El momento, algunos instantes del mes de octubre de 2016, con el verano negándose a desfallecer completamente. Las imágenes en blanco y negro eliminando la posibilidad de determinar el tempo en que estamos, dejando a la naturaleza circundante en un estado suspendido: tanto podría ser otoño como cualquier otra estación]

 

En su obra “Lo post-humano”, dice Rosi Braidotti a propósito de la relación de los seres humanos con los animales: “Desde la antigüedad los animales tienen constituido una especie de zoo-proletariado, en la jerarquía de las especies decidida por los humanos. Fueron explotados para los trabajos fatigosos, como esclavos naturales y apoyo logístico desde el origen de la humanidad hasta la época mecánica. Ellos representan, además, un recurso industrial, desde el momento en que los cuerpos animales constituyen ante todo un producto material, partiendo de la leche hasta la carne comestible, pasando por los colmillos de elefante, la piel de muchas criaturas, la lana de las ovejas, el aceite y las grasas de las ballenas o la seda de la oruga.” (“Lo posthumano”, p. 88).

 

En “A vaquiña polo que vale” presenciamos un momento en la vida de algunos de esos zoo-proletarios cualquiera -inmersos en una temporalidad que nos resulta casi ajena por completo- indiferentes a la mirada maquínica de la cámara del móvil. Intercalando un sencillo dispositivo textual que funciona como contraparte irónica y recordatorio simultáneo del futuro probable que les aguarda a las protagonistas, el film nos interpela desplegando en esa mirada interrogantes incómodos sobre nuestra relación con los animales. Las vacas ni nos dan miedo ni son quienes de ver la televisión con nosotros, por lo que, según la clasificación de Borges, su destino está sellado con antelación. Si uno mira para ellas en esos momentos de cotidianidad en libertad, uno no puede evitar sentir algo que va más allá del disgusto. Uno percibe con claridad como esa dualidad humano-animal en que estamos educados desde tiempos inmemoriales sitúa al ser humano en un nivel ontológico superior al de los animales, y establece también para este el estatus de criatura a la cual todo le es debido con las consecuencias que conocemos sobradamente: la muerte industrial de decenas de miles de millones de animales anualmente, la explotación de cualquier tipo de forma de vida en busca del máximo rendimiento económico y la destrucción sistemática y planificada de todos los ecosistemas de nuestro planeta.

 

[Los animales como mercancías, cosificadas totalmente y sujetos al régimen de apropiación y explotación capitalista en que estamos sumergidos. Los animales desprovistos de la dignidad que les es inherente en esas factorías en que entran como seres vivos no-humanos y salen empaquetados como cosas listas para el consumo. Un poco una metáfora de nosotros mismos, aquí y ahora.]

 

La película, por lo tanto, aspira a poner su grano de arena en el proceso de cuestionar esa diferencia ontológica entre humanos y animales, redefiniendo los lugares relativos de ambos en un continuo que tenga en uno de sus extremos a los humanos y en otro a los animales. Cuando se consiga anular esa diferencia y, al tiempo, resituar las posiciones respectivas, estaremos listos para mirar a los animales como esos otros de nosotros mismos, esos extraños con quien compartimos base biológica y material y de los cuales nos separa un abismo que no debería traducirse en esa jerarquía en la cual estamos situados y de la que se deriva el uso instrumental de ellos.

 

Encontramos en este cortometraje, jugando de igual a igual con las imágenes, la presencia en primer plano de los sonidos que rodean la vida cotidiana de las protagonistas. Todo lo que se escucha a lo largo del metraje funciona a modo de marco: sitúa las imágenes, establece unos límites físicos y psicológicos bien definidos, envuelve lo que se está filmando y referencia lo que estamos viendo de forma inequívoca. Esos sonidos nos sumergen en el lugar operando en el plano de las sensaciones y no de la razón. No solo funcionando como envoltorio atmosférico sino que, junto con las preguntas que lanzan las imágenes, formulando también sus propios interrogantes.

 

No se trata, finalmente, de sentarse a ver la tele con los animales. A algunos, obviamente, debemos seguir temiéndolos. Pero todos esos que nos comemos de forma frívola, cruel e irresponsable en forma de mercancía empaquetada, merecen un destino diferente, una forma de respecto que, pensamos, está recogida en estos fotogramas y también un reconocimiento de su dignidad que, esperamos, se reconozca en estas imágenes y en estos sonidos.