La partida

2017 / 02:37 / Mobil Full HD

THE LEFTOVERS
Notas acerca de la fractura (un megaspoiler innecesario)

Una de las consecuencias habituales de un trauma emocional de cierta magnitud es la incapacidad para articular palabras. En estados de gran conmoción, el mecanismo neurofisiológico que hace posible el acto de hablar rompe dejándonos mudos. “Tener un nudo en la garganta” es la expresión común para este estado. El cuerpo es incapaz de sacar por la boca lo que sucede en cabeza. Si para producir el sonido que corresponde la un fonema precisamos de casi cien músculos y cada uno de estes músculos tiene a su vez cien unidades motrices, la generación de ese único fonema implica diez mil acontecimientos musculares. Diez mil acontecimientos que no tienen lugar cuando la fractura emocional revienta nuestro espíritu y nuestro cuerpo y tratamos de decir algo, cualquier cosa.

 

Nos resulta muy difícil imaginar un suceso más traumático que ese “el fin del mundo ya tuvo lugar” (expresión de resonancias baudrillardianas, “el futuro ya fue”) que vertebra la serie: ese punto de “tristeza sin esperanza” para el cuál los primeros cristianos tenían la palabra “acedía” abre un abismo personal insondable. Dentro de la serie, los Guilty Remainders, con su negativa a hablar, con sus uniformes blancos y su fumar compulsivo se erigen en representantes de una humanidad que terminó muda, real y simbolicamente. Encarnan la incapacidad de decir algo cuando la tragedia es totalmente inasimilable, cuando lo inimaginable acontece y desborda nuestra capacidad de comprensión y respuesta. Son una secta sin dios. Vestidos de blanco representan a pureza tóxica de un creyente que sólo cree en la nada. Fuman todo el tiempo para matar el tiempo. Los Guilty Remainders, puros, ansiosos, mudos, fumando sin descanso, son la humanidad que sabe que tal idea ya no significa nada. Una nube blanca que crece a la puerta de las casas y en las salidas del trabajo, como un cáncer que hubiera hecho metástasis en el tejido emocional de la sociedad.

 

El suceso catastrófico con el que arranca The Leftovers marca un origen y un final simultaneamente. El origen es el de un mundo nuevo aparentemente ya inhabitable torsionado por el peso de la pérdida colectiva. El final es el de un mundo viejo en el que sólo parecen proliferar formas de vida insostenibles llevadas adelante por su propia inercia, por la fuerza de las rutinas o por la incapacidad de sus protagonistas para imaginar otra cosa. La tensión entre ser fiel a lo viejo o aceptar lo nuevo es el motor dramático de las historias que atan la serie. Deshacerse de la gravedad brutal de lo sucedido y vaciarse para ser otro o quedar atrapado en ese agujero negro que no deja salir luz alguna hacia el exterior.

 

En este sentido asistimos a una colisión múltiple entre estrategias de adaptación. En un ambiente de incertidumbre con respeto al status de lo real -¿las cosas que suceden responden a la lógica del delirio o a manifestaciones sobrenaturaless?- encontramos que todos los personajes protagonistas viven escindidos entre la aceptación de lo sucedido y el instalarse en lo acontecido. Casi todo lo que se narra aparenta ser un mcguffin de grandes dimensiones concebido para poner el foco en unos personajes que ya venían de experimentar enfermedades de cierta envergadura en su periplo vital. Quizás hace falta entender The Leftovers como la historia de amor de Kevin y Nora. Él, incapaz de permanecer junto a las personas que ama, imaginando una vida llena de intensidad y emoción y siempre nostálgico de un hogar del que está a fugarse continuamente. Ella, permaneciendo fiel a un recuerdo idealizada de su familia que obtura toda apertura al presente en el cual podría reconstruirse. Cada uno haciendo su camino a su manera, sin instrucciones previas, enfrentando situaciones que no sabemos si son resultado de una fantasía delirante o si suceden realmente. Los dos sobreviven a toda clase de sufrimientos -¿pruebas divinas?-intercalados con intervalos de relativa paz en un contexto que parece carecer de cualquiera sentido. Nora sufre tanto persiguiendo algo que escapó para siempre jamás que sólo podemos hacer nuestras sus lágrimas. Kevin huye de sí incluso sin saber que en esa huida también deja atrás aquello que da densidad a su vida. Ambos son fugitivos y el cruce de sus trayectorias les hace pensar que pueden tener un lugar del que no quieran marchar estando juntos. Pero que difícil.

 

En paralelo a la tragedia de Kevin y Nora dos tramas vertebran la serie: la primera muestra en que se convierte una sociedad cuando acontece una catástrofe inasumible (sectas nihilistas, descomposición social, consumo de milagros low-cost, pérdida del sentido de lo colectivo, el negocio de la desesperación a gran escala), la segunda despliega el papel de la religión y sus posibles derivas en tal circunstancia. En la cultura norteamericana la religión funciona como pegamento social, como hilo que cose la heterogeneidad dando puntadas y aglutinando comunidades diversas capaces de atravesar condiciones socioeconómicas muy diferentes. Su ensamblaje con la estructura social es tan fuerte que declararse ateo en este país es visto casi como una especie de curiosidad personal que bordea la locura. Puedes pertenecer a cualquier confesionalidad, casi obligatoriamente tienes que pertenecer a una de ellas. Encontramos así que el personaje de Matt -tan deudor en muchos aspectos del John Locke de Lost- encarna esta necesidad de creer bajo el paraguas de una religión “clásica”. Matt -como la mayoría de la sociedad norteamericana- no entiende lo que es no tener fe. No le cabe en cabeza. Desde su perspectiva todas las tragedias que dan forma a su existencia son una suerte de gigantesca prueba divina, un test para conocer la fortaleza de su fe dentro de un plan general. Impregnado de este aliento hace cosas como repartir flyers donde denuncia los trapos sucios de los desaparecidos. “No eran santos, no fueron llevados por Dios, dejad de adorarlos”. No le importa llevar palizas por esto ya que el sentido de su vida es servir a Dios aunque le cueste la vida. Matt aspira a ser un mártir (algo que consigue en la segunda temporada instalado en el campamento exterior de Miracle), incluso un santo (cosa que su carácter le va a impedir) y prefiere perder la vida antes que quedar sin fe.

 

Este retrato de la vivencia religiosa no es una cuestión menor dentro de la serie. Casi todos los capítulos están impregnados de una calculadísima ambigüedad: ¿todas las cosas extraordinarias que suceden se deber a un plan divino o son el fruto de las alucinacións de varios personajes que ya lo perdieron todo excepto la razón? En el capítulo “It´s a Matt Matt world” los guionistas enseñan sus cartas finalmente, dejando a Matt sien su posesión más preciada. El hombre que dice ser Dios es devorado por un león en una escena de ecos nietzschecianos evidentes, haciendo que Matt experimente la famosa caída del caballo de Sano Pablo pero en sentido inverso. Perdido aquello que estructura su vida, que va a ser de él? The Leftovers también es la historia de la caída de Matt, otro personaje machacado por las circunstancias vitales que rematará, al contrario que Kevin y Nora, ambos fieles creyentes en las bondades del amor pese a todo, siendo una cáscara a la deriva. El amor, parece decir la serie, siempre nos va a salvar, incluso cuando se acaba. Sin embargo la fe no. Ni siquiera la fe en la racionalidad científica (otra subtrama especialmente irónica y divertida dentro del conjunto).

 

Siendo importantes las tramas y un guión que se retuerce y da volteretas de capítulo en capítulo (ay, ese deber de los cliffhangers), The Leftovers nos conquista por la soberbia puesta en escena de las barbaridades que desfilan por ella. La enumeración es interminable: El final de la primera y de la segunda temporada rematan con dos pueblos diferentes arrasados. Las multitudes se mueven por el puente y las calles de Miracle como un río desbordado. El día en que se conmemora el tercero aniversario de la Partida da lugar a un linchamento colectivo de un grupo de Guilty Reminders (“don´t waste your breath”). Un terremoto vacía un pantano para salvar a Kevin de morir ahogado. Un mísil acaba con otro grupo de Guilty Remainders. Una guerra termonuclear liquida las ansias escapistas de Kevin. Hay una orgía en un barco que va de Nueva Zelandia a Australia. Hay un ciervo loco que asalta las casas de Mapleton y grupos de perros diabólicos perseguidos por un francotirador que da auténtico terror. Hay un león que se come a un tipo que dice ser Dios. Una de las primeras mujeres de la historia de la humanidad muere ante nuestros ojos y otra mujer recoge al recién nacido hijo de la primera. Un grupo de cristianos de alguna secta del siglo XVIII espera paciente e infructuosamente a que Dios venga recogerlos encima de sus tejados. Todas las fotos de los desaparecidos en Mapleton son retiradas de sus marcos y estos mismos reemplazados por réplicas de látex para que nadie se olvide de ellos. El padre de Kevin -en una especie de road movie particular dentro de la tercera temporada- intenta salvar el mundo del nuevo diluvio universal mediante danzas y cánticos rituales propios de aborígenes australianos. Kevin envenenado, disparado y ahogado, muere tres veces y resucita las tres. O eso creemos.

 

Como fondo de todo ésto la banda sonora de Max Richter, el contrapunto necesario para esta disección entre lo delirante y lo sobrenatural del dolor humano en todas sus variantes. Un colchón sonoro que dota de verdad a las escenas más imposibles, puntuando y subrayando los momentos más crudos e incluso acaparando todo el protagonismo de vez en cuando, como un personaje más del reparto necesitado de exhibición. Ese arpegiado reptante que es interpretado a cámara lenta o con cadencia anfetamínica, capaz de sugerir al tiempo pérdida, dolor, redención, tristeza e incluso cierta alegría soterrada. Ese arpegiado que nos habla directamente y nos pregunta como estamos y que esperamos de nuestras vidas. Ese arpegiado que puede hacernos llorar sin motivos aparentes sabiendo que todos tenemos un millón de lágrimas por derramar. Ese arpegiado que es el sonido de la sombra que nos acompaña desde hace tanto, esa sombra que es parte constitutiva de nosotros y que, en cuanto nos acostumbramos a vivir con ella ya es demasiado tarde.

 

Finalmente, sin dar respuestas la muchos de los interrogantes que va diseminando, The Leftovers se nos muestra como un canto a la vida y al amor pese a todo, un canto a la necesidad de la vida de afirmarse frente a la nada aunque sea inútil hacer tal cosa. The Leftovers resulta ser -no sé si a propósito o por casualidad- la forma más enrevesada y artificiosa posible de hacernos ver todas las cosas básicas sobre la existencia que siempre supimos de forma intuitiva y que tantas veces hemos olvidado.