blade runner 2049

Blade runner 2049: el futuro como ruina

Qué extraña esta segunda parte de Blade Runner. Por un lado están sus imágenes -encarnaciones visuales de la idea de “maravilla”- y un sutil juego fantasmagórico con el glitch y el error que remite al videoarte y a los fallos en la transmisión digital de la información. Por otra está el guión, tendiendo cables con la película anterior, tratando de cerrar líneas para cuadrar todo, armando una estructura que podríamos llamar “clásica”, suscitando con claridad una introducción, un desarrollo dramático y un desenlace que abre la posibilidad a otra parte más. Ambas conviven con dificultad: la contemporaneidad de lo visual choca con los corsés de lo escrito de manera evidente durante todo el metraje; la puesta en escena -los cinco set pieces magistrales donde tiene lugar la acción- nos sumergen en ese mundo futuro tan parecido y tan distante al nuestro mientras que la artificiosidad de la escritura nos empuja fuera, en un tira y afloja que se mantiene durante los 147 minutos que dura la historia.

Un motivo temático reiterado en la ciencia ficción de los últimos sesenta años es la presencia de automóviles voladores. Estos vienen siendo como una especie de predicción fílmica que no se da cumplido, de manera que las películas vuelven una y otra vez a eso, como recordándonos que ya debería haber coches voladores en la realidad desde el año 2000 como mínimo, y, con todo, aún seguimos sin ellos. El coche volador es un icono, una de las profecías que nos falta por realizar. Todas las demás que habitan este Blade Runner o se cumplieron ya o están en camino de cumplirse: las megalópolis, la catástrofe medioambiental, las inteligencias artificiales “duras”, la mejora genética del ser humano, los dilemas éticos entre los seres “nacidos” y los “fabricados”. Todo esto estaba ya en la novela original de Philip K. Dick y aquí aparece de nuevo con variantes. En este sentido Blade Runner 2049 es aún más pesimista que su original, su mensaje más o menos explícito sería ese baudrillardiano “el futuro ya fue” que recorre algunas ficciones contemporáneas como esa bomba atómica que es la serie de TV “The Leftovers”. El futuro ya fue. Ahora nos quedan sus ruinas. El ser humano ha sido reducido a pura materia sobrante en un mundo de deshechos y sus creaciones lo han superado. Estas, con todo, lejos de tomar conciencia de este salto evolutivo reclaman una humanidad que creen merecer o, quizás, reclaman el lugar de la humanidad.

 

Pero vayamos al contenido del film. Es 2049. Un Blade Runner artificial -un replicante programado para cazar otros replicantes- hace un descubrimiento fatal en una de sus misiones. Un descubrimiento que alude a la posible humanidad de estos productos de bioingeniería y que podría tener consecuencias muy graves para ese no-futuro de la especie humana. A partir de ahí emprende una búsqueda desesperada que lo llevará a atravesar varios infiernos en la tierra: megalópolis, vertederos y laboratorios de vanguardia principalmente. Cada uno de estos escenarios es un prodigio visual. Un milagro en el que la cámara nos va sumergiendo mediante travelings imperceptibles en escenarios que nos remiten a los temblores cromáticos de un cuadro de Rothko. Las ruinas, objeto de culto desde el romanticismo en el siglo XIX, nos resultan al mismo tiempo tan familiares como inquietantes por su diferencia mínima co nuestro ahora. Seguimos a Ryan Gosling entrando en nuestra realidad de pasado mañana -o de una dimensión paralela- como quien entra en el salón de su casa después de que entrasen a robar y dejasen todo revuelto.

 

Son estos escenarios parte de la clave de la fascinación que produce el film. Pero no el único. El tratamiento que hace Dennis Villeneuve de la peculiar historia de amor del protagonista remite a los instantes fundacionales del propio arte cinematográfico: en sus orígenes el cine era pura fantasmagoría, deseo de sustituir lo real por su apariencia, pura mímesis, que diría Walter Benjamin. En esta historia de amor dicha apariencia lo es todo. La materia pasa a ser, paradójicamente, el ideal deseado después de tantos esfuerzos por eliminarla. Y en esta tensión entre ilusión y verdad, entre lo real y lo aparente, encontramos un hueco para una forma de amor imposible, y, por eso, condenada. Esta historia de amor se desarrolla visualmente como una especie de historia de ciencia ficción amorosa delirante dentro de la película. Su tratamiento visual es irresistible, instalado plenamente en nuestra contemporaneidad. Con todo, como ocurre con el resto de la película, su escritura es torpe, vulgar, aburridamente decimonónica.

 

Subrayemos, junto a los aciertos en el plano visual, la brutal dimensión sonora de la película, su exquisito tratamiento, el cuidado puesto en ensamblarla eficazmente casi con cada plano. En cierto sentido, recordándonos aquella afirmación nietzscheciana de que la música revela la esencia de las cosas cuando acompaña a estas, deshaciendo cualquier velo de apariencia, haciéndolas transparentes. El dúo Hammer-Wallsfich cuida el score y las canciones que salpican el metraje, remitiéndonos a las melodías de la banda sonora original de Vangelis de forma muy sutil, pero no es esta la parte más destacada de su trabajo: si uno se pregunta como suena un futuro distópico necesita echar mano de recursos más allá de la experiencia personal. Necesita imaginar los sonidos de una época que se parece a la nuestra pero que es definitivamente peor en todo. ¿Cómo suena un mundo peor que el nuestro? ¿A que suena la distopía? ¿Qué es, a nivel sonoro, nuestro planeta sin los sonidos de la naturaleza, sin sus animales ni la vegetación, sin la lluvia ni el agua corriendo por los lechos de los ríos? No tenemos ni idea, pero el paisajismo sonoro de los compositores nos acerca a una idea posible: el futuro suena a opresión y barbarie, a desolación y aislamiento, a caos y extinción. Y todo este pack de sensaciones -que nos entran inicialmente por los ojos- son amplificadas en nuestros oídos con delicadeza y exactitud.

 

A pesar de esto, no todo son aciertos en esta historia. Entre los defectos del guión destaca la terrible tendencia de uno de los protagonistas a los discursos. A explicar todo aquello que se nos explicitó visualmente. Intuyo la larga mano de Ridley Scott en esto, pues las plúmbeas pretensiones de transcendencia que poblaban Prometheus -la precuela de Alien del año 2012- salpican este Blade Runner 2049. También huele bastante a rancio el tratamiento de los papeles femeninos en este futuro distópico: todos los clichés clásicos desfilan por aquí como si estuviésemos en la década de los cincuenta: la madre amorosa -en forma de jefa de policía-, la esposa abnegada -sublimada visualmente como una entidad incorpórea-, la prostituta, la chica virginal intocable y el ángel exterminador o femme fatale pasada de vueltas. Uno no sabe si es pura intención irónica, un intento errado de deconstrucción de estos roles tradicionales o simple inercia masculina al mando del guión. Tememos que, posiblemente, sea fundamentalmente esto último.

 

En definitiva, estamos ante un prodigio visual que encierra, tras la belleza de sus imágenes, una radiografía de nuestro mundo actual camuflada de distopía futurista y una reflexión sobre el propio estatuto de la imagen cinematográfica en este momento en el que las fronteras entre la realidad y su apariencia se desvanecen a gran velocidad. Reflexión que incumbe a las consecuencias de este desvanecimiento y a las implicaciones racionales, éticas y sentimentales de este proceso. Por tanto, el prodigio visual choca con la escritura, la puesta en escena desborda al guión, y esta descompensación se traslada al resultado global. Destaquemos, finalmente, el énfasis que pone la película en señalar la desaparición de la naturaleza y su substitución completa por ciudades y vertederos grandes como países, y esa especie de mirada costumbrista a las consecuencias de la clonación y de la modificación genética de la especie humana bajo la forma de la “típica” película de serie negra del Hollywood clásico.